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Eva, mi tía que murió de amor

 

 

Su madre sufrió varios abortos antes de tenerla. Por ello, se consideró prudente no ponerle el nombre de su abuela paterna, como era la costumbre. Menahem, su padre, eligió llamarle Eva, como la primera mujer de la Creación, olvidando que esta última fue una eterna desterrada.

 

Cinco hermanas le siguieron, ninguna tan bella como Eva. Su hermosura sorprendía a su familia . En la calle, atraía las miradas y había que acompañarla en sus salidas por miedo a que algún incauto, cautivado por el brillo de su mirada, la secuestrara para hacerla suya. A los diecisiete años, fue cortejada por Saúl, un joven judío de buena familia, cuyas atenciones – y hay que decirlo,  generosidad- cautivaron a mi tía. Tras  algunos meses, al muchacho le aburrió la devoción ciega que Eva le mostraba. Además, los  padres de Saúl tuvieron a bien explicarle que podía aspirar a más que la hija de un plomero. Se distanció entonces de ella, enviándole de vez en cuando una corta misiva con fríos saludos.

 

Eva, consternada , se dedicó a visitar psíquicas y adivinadoras de todo tipo, donde se hacía leer la palma de la mano, el iris del ojo y hasta la forma de los lunares. Se hizo adepta de una negra que descifraba los meandros del asiento del café turco, tras tomarlo y darle tres veces vuelta a la taza. La mujer supo hacerle confesar los motivos de sus pesares. Al ver la expresión de la cara de Eva cuando le mencionó que el joven volvería a ella, le pronosticó un matrimonio feliz con el objeto de sus deseos. Sesión tras sesión, describía a Eva los pormenores de su boda, los muebles de su futura casa, los hijos que vendrían y la dicha de la pareja.

 

Saúl dejó de comunicarse con Eva y encontró un buen partido con quien contrajo nupcias. Eva siguió con él la vida ideal que le habían descrito. Primero, se  sentaba horas, sola, la mirada perdida, con una dulce sonrisa que acentuaba su belleza y la asemejaba a un ángel. Luego, su extrañeza tomó matices más activos .Se paraba de golpe, anunciando que tenía que ir a casa a preparar la cena de su esposo. Pedía que saludaran a un Saúl inexistente. Tejía chambritas a hijos no nacidos que mecía en sus brazos vacíos.

 

Las explicaciones de sus hermanas, los ruegos de su madre, las amenazas de su padre, nada la podía sacar de esta otra vida, de este extraño sopor donde había caído. A pesar de que , a su manera, Eva era inmensamente feliz, nadie aceptaba su trance. Los brujos entraron a casa del plomero, seguidos de los sanadores ; nadie más dañino que los médicos. Hubo que llevarla a hospitales psiquiátricos, donde ni los electroshocks pudieron con el nombre de Saúl, que ella repetía durante horas. Nadie ni nada logró jamás separarla de él.

 

Eva se convirtió en una especie de bruja desdentada y despeinada, que fumaba sin cesar y asustaba a los niños. Quedó al cuidado de su padre hasta que él murió, y luego la recogieron dos tías caritativas que la regañaban sin cesar porque paralizaba sus vidas.

 

Mi madre, hasta hoy, nos prohíbe terminantemente consultar psíquicas de cualquier denominación, así como pronunciar el nombre tabú de Eva . Murió sin descendencia y solamente este pequeño texto dará cuenta de su paso por la vida.

 


 

 

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