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May Samra

Ana y el hamster
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He aquí a Ana: gordita y morena, de dientes separados. El encanto de su sonrisa y sus manos que dibujan piruetas dentro del espacio a su alrededor no le han ganado el respeto y la veneración de las que son unos sex symbols.  Ana tiene un hijo que nació con un dedo encogido; una operación torpe se lo dejó estático por siempre (“Le dije que no le garantizaba nada...” –con eso la calló el cirujano.)

Ana vive una cruzada muda y se dedica al dedo y a la felicidad de su hijo. A diario terapias, frustración  y  culpa. Esa mañana, el niño se ha encaprichado con un hámster y Ana corrió a  adquirirlo: “Que sea feliz unos días” –piensa Ana- “Dicen que los hámsters son de buena suerte”.

Entre el hámster y la terapia de su hijo, la jornada se torna agotadora. Llega el marido tarde, cansado, desesperado por la situación y con ganas de desquitar su mal humor. El hombre se muere de hambre y la mujer de cansancio: una de las dos necesidades deberá ser satisfecha. El hombre gana la partida con una simple mirada de desprecio. Pide bisteces encebollados con chile chipotle “con las dos salsas como acostumbra hacerlas mi mamá”. Ana se pone a picar la cebolla con el peso de una vida insatisfecha sobre los hombros. Rebanada tras rebanada, parece que está picando su propio corazón. Pero algo sucede: el hámster ha salido de su jaula, corre por el pasillo y se encuentra con el amo de la casa. Choque de ojos, unos pequeños y asustados, los otros grandes y aterrorizados. El hombre comienza a gritar, hay un ratón en mi casa. Insulta a mujeres y ratas por igual, que son dos especies escurridizas. No quiere oír explicaciones, no quiere saber del niño caprichoso ni de la madre atormentada, ya me dio asco. Ya no quiero cenar, come tú si quieres, a mí se me quitó el apetito. El calvario de Ana es sustituido por una cama mullida.

Al día siguiente, Ana revisa con sumo cuidado la jaula de acrílico: no encuentra una sola rendija en la cajita, ni un solo hueco por el cual haya podido salir el hámster.

Conclusión: es un milagro. D-os sí existe y en Su infinita Misericordia, se apiadó de Ana. Liberó al ratón para que Ana pudiera descansar.

Segunda conclusión : aunque parezca mentira, los hámsters sí traen suerte. Ana ya no ha vuelto a saber de su marido.

Tú, que lees esto, ¿te parece esta una historia digna de ser relatada? A mí me deja algo. Lo malo es que no sé si me deja o me quita.

 

                                     

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