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May Samra

Sexo y terror: sociedades enfermas
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¿Qué pueden tener en común Matilde, otomí del pueblo de Ameacalco, Querétaro, Amina Nawal,  nigeriana que dio a luz después de su divorcio, y Reem Saleh Al Riyachi, palestina, y madre de dos hijos ? Las tres fueron adúlteras. Las tres recibieron castigo por ello. Pero una sola murió: la palestina. Sin embargo, aun después de su muerte, ningún miembro de Derechos Humanos levantó la voz para quejarse, como en caso de Matilde; Amnistía Internacional no se molestó en juntar firmas para protestar contra lo sucedido en territorios palestinos, como lo hizo en Nigeria. Y la asesina de Reem, una sociedad homicida, no será juzgada en ningún tribunal. Eso sí: el homicidio  fue celebrado con una ridícula obra de arte en Suecia, que pretendía enaltecer el martirio.

 

Los hechos son los siguientes, reportados ayer por el periódico Yediot Aharonot: Reem Saleh fue obligada a realizar el atentado suicida como castigo por traicionar a su marido.

 

Imaginemos lo sucedido. El marido de Reem se entera de que ha sido engañado. Agarra a la desdichada y le propina una buena paliza. Los vecinos escuchan los gritos pero nadie acude, pues esta mujer los tiene bien merecidos. Allí comienza el terror. El hombre le plantea lo que la espera: será un paria de su sociedad, una excluida. Sus hijos serán mostrados con el dedo y calificados de bastardos. Ha manchado por siempre la reputación de su familia, ha destruido el futuro de su progenitura. Ella intenta defenderse; a través de sus lágrimas habla de su infelicidad, de sus motivos... Hay más insultos, más golpes. El marido le recuerda su suerte según el Corán: la muerte vergonzosa, la lapidación. Sin embargo, dice el hombre, elle aun tiene una oportunidad: puede limpiar su nombre y el de sus hijos, sirviendo a la vez ala causa suprema, la causa de su pueblo. En vez de ser mencionada a media voz, con maldiciones, será recordada por las generaciones venideras como una heroína, como un icono; la mencionarán los libros de historia. Su nombre será recitado desde los minaretes de las mezquitas, antes de los rezos y antes de las palabras “Alá es grande”. Sus hijos contarán su hazaña a sus descendientes, calificándola de santa.

¿Lloró, acaso? ¿Rogó, quizás? ¿Dijo que no quería morir? ¿Fue entonces o antes cuando  entraron a su casa los “ángeles de la muerte” para explicarle los pormenores de la operación?

Imaginemos las manos del hombre ciñendo el cinturón de explosivos alrededor  de la madre de sus hijos. Los ojos de la mujer buscan, desorbitados, algún lugar donde esconderse, algún salvador. Pero sólo están los hombres que la condenaron.

 Su marido mismo la lleva en auto al lugar preciso. Sale del coche y se dirige hacia el retén. ¿Acaso fingió ser discapacitada o fue su cojera simplemente el resultado de los golpes de su marido? ¿Pensó en gritar al acercarse a los soldados? Ellos intentaron ayudarle; en el momento en que la levantaron en brazos, ella detonó los explosivos, convirtiéndose ella y los jóvenes en un montón de huesos y de carne sanguinolenta.

 

¿Quién juzgará a los asesinos de Reem y de los soldados? ¿Tendrán siquiera un juicio? Como en caso de la célebre novela “Fuente Ovejuna”, el culpable no es un hombre sino toda una sociedad. Una sociedad enferma, una sociedad asesina, ante la cual los organismos de Derechos Humanos, las ONG, el mundo entero guardarán silencio.

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