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Nazira, mi abuela

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Nazira, mi abuela

Nazira fue una mujer sencilla, quien sabía vivir”con poco como con mucho”. Tuvo nueve hij

Nazira fue una mujer sencilla, quien sabía vivir”con poco como con mucho”. Tuvo nueve hijos que conocieron tanto la pobreza como la riqueza en diferentes momentos y a distintos grados.

 

Nazira tenía dos características: ponía una mesa esplendorosa en un santiamén y resolvía cualquier situación por medio de un dicho. De lo primero daba muestras todos los días, pues su mesa se llenaba de pequeños platillos de poco valor pero de gran sabor. Para dar algún ejemplo, si Nazira solamente disponía de dos papas y de un huevo, elaboraba un palto de tortitas crujientes, que acompañaban rebanadas de jitomate con aceite de olivo, aceitunas con cal y rosquitas de anís. De los segundo, nos quedan algunos tesoros de la sabiduría árabe sencilla de antaño.

 

“Pon tu mano sobre tu ojo; si te duele, le duele a tu hermano”(Los seres humanos somos interconectados y debemos de sentir con los demás)

“Mi padre es una rosca y yo muerto de hambre” (Hay gente rica que no apoya a sus parientes menos afortunados)

“O espejo sólo me muestras lo que te muestro” (La vida es un espejo, si le sonríes te sonríe, si le lloras te llora).

“Que nunca la mano izquierda necesite de la derecha”

“Una mano sola no puede aplaudir”

“Quien no posee algo viejo no puede tener algo nuevo”

 

Nazira vivió muchas penurias, pero siempre con alegría. Su mesa de shabat era legendaria y nunca faltó lugar para los invitados, porque donde comían once bien podían comer trece o catorce. Pues tuvo seis hijas, luego un varón y cerró el conjunto con unos gemelos: niño y niña. El hecho de tener muchas hijas no le favorecía mucho, pues en esta época la genética no estaba muy adelantada y la mujer era la supuesta responsable de sólo poder procrear hembras.

 

Nazira siempre trató a la pobreza como un mueble más de su casa, el cual había que rodear para poder circular. Sin embargo, llegaban circunstancias en su vida que la ponían de rodillas ante el destino.

 

Siendo muy pequeños, los gemelos se enfermaron de gravedad. Hervían en temperatura y lloraban sin cesar, por lo que cogió de entre sus amplios pechos un pañuelo donde guardaba algunos ahorros. Se dirigió con paso decidido al médico del barrio judío, acompañada su hija Chella (mi abuela). El médico la vio entrar al consultorio con sus dos criaturas y su primera pregunta fue:” ¿Traes lo suficiente para dos consultas?”Mi abuela respondió que tenía la cantidad requerida para sólo una de ellas, pero que pagaría por la otra la misma semana sin falta. “Lo siento” dictaminó el médico, “no trabajo gratuitamente”. Nazira lo miraba en silencio con ojos suplicantes.”Te diré qué haremos”- continuó el hombre “Elige quién de las dos criaturas quieres que viva y la atenderé”. Y añadió: “Estoy seguro que será el varón, pues ya tienes seis hijas además de la pequeña enferma”.

 

La mirada de Nazira era digna cuando contestó que no, que atendiera a la niña que presentaba más debilidad. El “doctor” la revisó, diagnosticó una infección  severa y entregó las medicinas suficientes para su tratamiento.

Las dos mujeres salieron cabizbajas, cargando un bebé cada uno. Mi madredice que, en estos momentos, odió al mundo y a la injusticia que lo regía y prometió luchar sin tregua para remediarla. Pero Nazira pronto recobró la compostura: desde lo alto de  la experiencia de sus siete crianzas, declaró que, como eran gemelos, padecían probablemente del mismo mal. La solución era dar a los niños la misma ración de fármacos. Chella debatió, con lógica, que la medicina entregada por el médico sólo alcanzaba para uno de los niños. Su madre le respondió que el verdadero médico era D-os y no “este patán” y que la medicina era simplemente el vehículo de Su bondad sanadora. Mi bisabuela decidió el camino a tomar: confiar en D-os, poner buena cara a la vida y administrar los fármacos hasta que se agotaran (en este orden).

 

La enfermedad no cedió fácilmente. Chella tuvo que abandonar la escuela durante meses para cuidar a sus hermanos. Les instaló dos diminutas hamacas que mecía día y noche, mientras la salud de los pequeños mejoraba o empeoraba sin aviso.

 

Finalmente, los bebés ganaron la batalla de la vida. Mi tía abuela vive en Tiberias, Israel, y tiene ocho hijos suyos. El varón, a quien volvieron a bautizar “Hay” (vida)- según la costumbre judía que dictamina que cambiar el nombre de un enfermo cambia su suerte-creció sano y fuerte y, más adelante, emigró de Líbano a México. Ahí se casó y se hizo rico. Pagó el favor a mi abuela trayéndola a este maravilloso país cuando ella se encontraba atrapada con su familia en una de las peores guerras civiles que ha conocido la humanidad.

 

Y es así que se cumplió uno de los dichos de Nazira:”Una mano lava a la otra”.

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